Cada minuto que pasa, la práctica de la comunicación se aleja un poco más de la verdad, la bondad y la utilidad (para todos los involucrados, claro está) buscando arrimarse al dinero y al poder, sin que a nadie parezca importarle, en medio de un cinismo y una ignorancia generalizados.Con muchísima frecuencia, los comunicadores se ven en posición de tener que maquillar la información, plantear medias verdades, tender cortinas de humo o de plano decir mentiras en relación con productos, personas, ideas y situaciones. Se enfocan en la venta de un producto, o un candidato, y en la inmensa mayoría de los casos no les parece relevante si se trata de una porquería nociva para la salud, o algo que jamás comprarían, o si el candidato es un rufián impresentable por el que no votarían. Para ellos no hay dilema ético porque se perciben como simples vehículos de información; y si acaso llegaran a pensarlo, lo más probable es que lo vieran como un asunto del cliente, o de alguien más: "la responsabilidad es del que bebe, o de la empresa que produce el ron, no del publicista"; "la bronca es del partido, no de la agencia, el votante es libre de decidir".
Al final, a fuerza de actuar de esa manera, quienes lo hacen acaban percibiéndola como "lo natural", porque "así son las cosas" y si alguien los cuestiona lo ignorarán (por impráctico o no realista), pondrán en tela de juicio lo correcto de sus actitudes o le responderán una simpleza del tipo "si quieres cambiar al mundo cambia tú".
Lo más preocupante es que ante esta realidad ya casi no hay contrapesos. La academía dejó de ser el ámbito de crítica y reflexión que en algún tiempo se pensó que debería ser -ahora busca formar empleados que embonen fácilmente en el sistema-, quedan pocos intelectuales interesados en entrarle en serio al tema y en la profesión no hay autocrítica (entre otras razones porque podría costarle el cuello al que la ejerza y después de qué vive). No hay quien oprima el botón de alarma.

Por su parte, cada día la sociedad entera se traga las patrañas de la construcción de la realidad a través de los medios, aceptando su presencia y su actuación como algo también "normal". Un ejemplo excepcionalmente ilustrativo es el que nos dieron a los mexicanos los partidos políticos en su desempeño comunicativo de cara a las elecciones de hace una semana. Al tiempo que recibíamos sus mensajes conocíamos de la "estrategia" detrás de ellos (golpear, no golpear; alto perfil, bajo perfil; más miedo, menos miedo; etc.) y nunca los rechazamos abiertamente, como el engaño que eran.
¿Percepción es realidad? Claro que no: la realidad es la realidad y la percepción es la percepción. Confundir ambas cosas es una muestra más del rezago educativo que padecemos, de ignorancia. El trabajo de cambio indispensable para avanzar, para crecer, debe hacerse sobre la realidad, no sobre la percepción.
¿Qué les digo a mis alumnos? Tendrá que ser la verdad ¿pero cómo la digo?
















