Las emociones son lo de hoy en el terreno de la comunicación. En absolutamente todos sus frentes -desde la comunicación política hasta el liderazgo empresarial, pasando por la publicidad, el marketing, las relaciones públicas y la comunicación interpersonal-, emocionarse, emocionar y lo emocionante se han convertido en obligatorios si de lo que se trata es de “impactar” a los receptores. No es algo nuevo, en lo absoluto pero hasta hace poco los integrantes de las audiencias preferíamos pensar que en alguna medida las emociones de los emisores, y los hechos y situaciones que nos emocionaban, eran reales. Hoy sabemos que casi todo lo emocionante que se nos presenta en los medios y en el discurso político, por referirnos solo a dos ámbitos de la comunicación son recursos fríamente calculados que obedecen a propósitos concretos (vendernos alguna cosa, convencernos de algo o hacer que nos comportemos de determinada manera). Lo sabemos, pero con muchísima frecuencia optamos por emocionarno...
Espacio para informar, reflexionar, dialogar y, en ocasiones, desvariar en torno a la interminable serie de conversaciones que constituyen la esencia de las organizaciones.