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Percepción NO es realidad. Fernando Solana en Milenio.

 

Copio íntegramente la columna de Fernando Solana Olivares publicada ayer en la sección de Cultura de Milenio y en el blog del autor, por dos razones: 1. comparto sus ideas; 2. lo que plantea me parece del todo relevante en relación con el contenido de este blog y sus públicos objetivo.

Los resaltados son míos.  

BORRÁNDOSE LAS HUELLAS / I

Elitismo para todos | Fernando Solana Olivares

James Boswell, biógrafo de Samuel Johnson (aquel académico harto célebre y poderoso en su tiempo, hoy apenas recordado por desestimar la obra de un Shakespeare que no poseía títulos escolares ni dominaba el latín), divulgó cierta frase conocida gracias a Borges, quien la califica como una de las más memorables que el trato de las letras le hubiera deparado: “muchas veces en la vida emprendí el estudio de la metafísica, pero siempre me interrumpió la felicidad”.

Hoy la sentencia se muestra inaplicable, salvo que se inviertan los términos que la componen: “muchas veces en la vida emprendí el estudio de la felicidad, pero siempre me interrumpió la metafísica”. O que se modifiquen: “muchas veces en la vida emprendí el estudio de la felicidad, pero siempre me interrumpió la realidad”.

imageNuestra época no admite el postulado de la felicidad como circunstancia existencial estable, así exista el “felicismo”, una corriente enajenante y voluntarista plagada de frases hechas (“yo estoy bien, tú estás bien”; “cuestión de enfoques”; “el vaso medio lleno o medio vacío”, etc.), que proviene tanto del sentimentalismo narcisista predominante —acaso un refugio acrítico ante el espanto— como de las tendencias conceptuales de la posmodernidad, antes posibilidades analíticas liberadoras y ahora posturas cínicas exageradas hasta el extremo: el constructivismo (el mundo percibido no está dado sino que es parcialmente construido por el perceptor), y, sobre todo, el contextualismo (el significado de lo que ocurre depende invariablemente del contexto en el cual se interpreta).

Así, se afirma que no hay hechos sino interpretaciones. Por eso la “guerra” contra las drogas y sus devastadoras secuelas pueden ser descritas por el gobierno mexicano y sus comentaristas a modo como un ir avanzando hacia la victoria de la ley. Por eso los 40,000 muertos de tan infame engaño son calificados como inevitables o necesarios por la Conferencia Episcopal Mexicana —lo mismo dijo el delegado papal en Béziers durante la matanza de cátaros cuando los generales le preguntaron cómo distinguir entre éstos y los católicos: “Mátenlos a todos. Dios reconocerá a los suyos”—. Por eso la economía capitalista del horror especulativo y de la destrucción nihilista se autoproclama la única ruta civilizacional posible y se habla del “libre mercado” como si se tratara de una entidad objetiva, o de la “competitividad” a la manera de una panacea y no como una forma extrema de la dominación imperial. Por eso la tecnología de las necesidades innecesarias es glorificada como una fuerza neutra, apolítica y positiva, nunca ideológica, encarnación del sistema social, y mucho menos impuesta por los centros de poder.

El mundo entonces es como es porque se repite una y otra vez que así es y que así debe ser. Vivimos la hegemonía de una “sobresocialización” compuesta de interpretaciones falsas provenientes de la cultura idiota, de pensamientos únicos generados por una dictadura “democrática” que actúa sobre las mentes de quienes alguna vez fueron ciudadanos y actualmente son meros consumidores, de enajenaciones mediáticas características de esta globalidad del consumo, la sociedad del espectáculo cuya pedagogía consagra el egoísmo del individuo, su derecho incuestionable a la indiferencia respecto a los demás tanto como a lo demás: la biósfera misma y en ella el destino humano general.

Es muy difícil romper el monopolio de la ignorancia impuesta, aun riesgoso, y quien se atreva a ello será adjetivado como idealista e incauto en el mejor de los casos, o como subversivo y disolvente en el peor. Acaso esta sea la tarea intelectual y política más urgente del momento: desmontar —deconstruir, dirían los posestructuralistas— el modelo orwelliano global y tóxico que miente sin descanso (otra forma de la contextualización interminable: no hay verdad ni mentira, todo depende del cristal con que se mira; o más descarnadamente: nada es cierto, todo está permitido) acerca del estado de las cosas, que ignora flagrantemente las evidencias y promulga, declarando buscar el supuesto bien de todos, la afectación de las mayorías: rescates financieros, criminalización de sustancias, invasiones liberadoras, productos insalubres, energías contaminantes, progresos improductivos, privatizaciones y desregulaciones, disminuciones del gasto público, evaporación de los estados nacionales, empobrecimiento del lenguaje, desprecio del pensamiento complejo, y lo que se quiera agregar.

Desde esa cultura idiota de la imagen (sólo existe lo que se ve) sostenida por especialistas que conocen mucho de muy poco, por políticos venales y demagógicos, por intelectuales seducidos mediante el poder y el dinero (“he visto a las mejores mentes de mi generación devoradas al…”), por comunicadores hegelianos sin saberlo (“todo lo real es racional, todo lo racional es real”) que fabrican la reiteración admirativa de lo existente y así lo vuelven inevitable, por élites putrefactas y oligarquías decadentes aquí y allá, cualquier movimiento de protesta y hartazgo ante la grave situación planetaria causada por el capitalismo mafioso del supuesto fin de la historia y la muerte de las ideologías, cualquier sistema de pensamiento distinto al que asfixia toda sociedad contemporánea, será visto y descrito como una ingenua anomalía, como una revuelta periférica, como una excepción patológica que confirma la saludable regla prevaleciente y común.

Sólo que no es así como sucede la historia. Las retaguardias emergentes de hoy ya son las vanguardias de mañana. Piénsese si no.

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