Dar cauce a “lo que mi cuerpo no necesitaba” (tomando la frase de la publicidad de All Bran y de Bonafont) en materia de líquidos, desahogar la vejiga o, como expresamos de manera tan simbólica en México, “echar una firma”, en un baño público de Santiago me costó el equivalente a seis pesos mexicanos, según puede verse en el recibo que reproduzco. Esa cantidad me dio derecho a ingresar a los servicios sanitarios ubicados en un subterráneo de una calle del centro, cerca del Palacio de la Moneda, al que entré no sin desconfianza y jalando aire para contar con una reserva de oxígeno en los pulmones en caso de necesidad. Por experiencia pensé que seguramente se trataría de una cámara de gases, sucia, destartalada, nauseabunda. Pero ¡sorpresa! Encontré un baño como de hotel, limpio, moderno, bien ventilado, impecable. Nada como para quedarse a vivir en él, por supuesto, pero mucho mejor que los baños de gasolineras, casetas de carreteras, estadios, escuelas y hasta de algunos restaurantes ...